Echarnos de menos

A veces me pregunto qué es echar de menos. Hay noches en las que te paras a pensar. En las que la luna te mira diferente. En las que las palmeras bailan con el viento. Y piensas.
Qué es echar de menos.
Cuando tenemos a una persona a nuestro alcance, nunca pensamos en su falta. Pero siempre llega el momento en que lo notas. Como se escabulle entre la ausencia. Entre las noches de almohada y pesadillas. Notas como se mete en el pecho y no se va. Esa sensación de pérdida. De añoranza.
El café te sabe diferente sin sus buenos días. Los atardeceres pierden ese brillo. No hablo del color, ni la forma. Ese brillo. Esa cosa especial que solo tenías cuando aparecía. Hablo de los orgasmos sin su nombre. Sin sus manos entrelazándose con tu pelo. Ya no está. 
Ya no hay cartas en el buzón. Ni ilusión por las esquinas. Simplemente se fue. Se escapó de tu vida como si tuviese permiso. 
Esa sensación de estar por las nubes, puesto hasta arriba. Con su sonrisa clavada en la retina. Con las pupilas bien encharcadas por su efecto. Esa droga de la que no podías escapar. 
Síndrome de abstinencia. Sudas sus te quieros, te nubla su recuerdo. 
Notas como la sangre implora esa sustancia. Ese sentimiento inabarcable de estar vivo. Ese miedo constante por que no se acabe nunca. 
Pero se acaba. Y no vuelve. Todo cambia. Inevitablemente. 
El tiempo se lleva todo lo que fue y nunca volverá a ser.
Porque en realidad, no echamos de menos a esa persona. Echamos de menos lo que nos hacía sentir. Nos echamos de menos a nosotros mismos, enamorados. Sin más. 

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